Carne tierna

A veces tener cincuenta años se siente muy aburrido.

 
            Pero sé que sería mucho más aburrido si fuera como el resto de tipos de mi edad. Afortunadamente hace ya muchísimos años me di cuenta de que es necesario conservar cierta juventud. Y por cierta juventud no me refiero a un pensamiento inmaduro, sino a un cuerpo macizo queme sirva cuando más lo necesite. 


            Ya con treinta años escuchaba a mis colegas decir que no podían levantarse, si saben a qué me refiero. Una vida entera de comer chatarra, beber cerveza todos los días y estar sometidos a niveles extremos de estrés en el trabajo. Aquello de allá abajo necesita que la sangre sea bombeada correctamente para ser usado y ese estilo de vida llevado era un atentado directo a es bomba de sangre que tenemos en el pecho.

No, mi corazón iba a funcionar correctamente hasta el último minuto porque renunciar a mis erecciones es como renunciar a respirar. 
Así que antes de comenzar a presentar las fallas de mis colegas, su cansancio y su poca capacidad, comencé a ejercitarme. En aquel momento, a mis treinta, no era gordo pero la condición física la tenía por el piso.

Una buena entrenadora (buena en todos los sentidos de la palabra), una alimentación regulada y esfuerzo de mi parte bastaron para transformarme. Mi mujer lo agradeció. Cuando cumplí treinta y cinco ya había alcanzado un nivel bastante decente de condición física. En aquel momento, podía follar como si no hubiera un mañana.

Fue ese año que engendramos a mi hija. 


            Pero también empeoraron muchas cosas. Después del embarazo mi mujer se deterioró físicamente. No hizo como muchas otras mujeres que van al gimnasio o usan cremas para las estrías. No, simplemente se echó a morir como si no le importara. Y esto se veía reflejado también en la cama… Cuando mi hija tenía dos o tres años, mi mujer, lo único que hacía era acostarse a recibir placer cuando nos acostábamos. Ni intentaba hacer nada, y yo poco a poco parecía caerme en una depresión. 


            Me sentía insatisfecho y casi sin querer comencé a mirar hacia otras direcciones. Yo la amaba pero no podía evitarlo… No aguantamos mucho más juntos lamentablemente porque parecía que no había solución. Ya llegó el día que no me atraía en absoluto mi mujer y decidimos que lo mejor sería separarnos. Ella aparentemente tampoco había estado feliz porque desapareció de un día al otro de mi vida y me dejó a solas con nuestra hija. Nunca más volví a oír de ella salvo dos años después que llamó por navidades.


            Tardé un tiempo en sentirme cómodo siendo soltero de nuevo pero poco a poco me iba acostumbrando. Empecé a probar con otras mujeres pero nunca llegaba a encontrar alguien que me complementara de verdad. Y no hablo emocionalmente, sino sexualmente… Me gustaba mucho el físico de las mujeres de carnes maduras. Me fascinaba su forma de ser, como me trataban a mí y a mí hija pero a la hora de estar en la cama dándole jaleo, no llegábamos a ese nivel que sabía que podía alcanzar. Muchas veces me detenía a pensar si era el destino mismo el que me obligaba a tener un sexo terrible o si simplemente ya no era capaz de hacerlo bien. Buscaba otra cosa, pasión, sudor, gritos de placer… pero no lo encontraba.

 
            Mientras tanto, también para distraerme, me dediqué de lleno a mí físico. Incluso empecé a entrenar a otras personas tal y como me entrenó mi entrenadora hace unos años. Sólo lo hacía como una afición pero llegué a transformar las vidas de decenas de personas mediante el ejercicio y una buena dieta. Esto me daba ánimos para seguir adelante también yo mismo porque mi vida seguía igual. Hacia afuera parecía todo eufórico pero dentro estaba aburrido y triste.


             De vez en cuando me liaba con alguna mujer pero no pasaba de dos o tres veces. No lograba sentirme satisfecho. Pasaron los años y mi niña creció y todo a mi alrededor cambiaba. Debía adaptarme a cosas distintas como los teléfonos inteligentes, los servicios de streaming para escuchar música o ver películas, la tecnología en todos lados.

Ví crecer a mi hija convirtiéndose en una mujer de 20 años, con un cuerpo increíble, producto de la asesoría de su padre. Pero a ella no le gustaban los hombres. Como protector que soy, los chicos no lo hubieran tenido fácil conmigo, pero ella tenía los gustos un poco distintos. 
Le gustaban sobre todo las las chicas. 

Los pocos amigos que tenía se iban intimidados pero las chicas mostraban más valor. Admiraba eso. Entonces la casa era como un sitio de reunión porque me gané la fama de padre «cool» por ser tan bueno con ellas. No podía ser de otra forma, no eran lo mismo que los chicos. Su trato era muy distinto, más educado y más respetuoso. Y nunca, en ningún momento llegué a pensar de aquellas chicas que iban a visitar a mi hija, como algo más que pequeñas niñas de las cuales bien podría haber sido yo el padre.

Pero, pensando en este momento un poco en eso, muchas de ellas estaban muy buenas. Y hablo de cuerpos de verdadero escándalo… Y un día todo cambió. Fue el día que mi hija llegó a a casa con su amiga Estefanía. AL principio no pensé en nada más allá de ser amable pero os digo que las chicas a veces son más traviesas que lo que uno piensa. 

Aquel día mi hija trajo dos amigas a casa, una con la que visiblemente estaba liada y otra que simplemente estaba ahí de pasada, aburrida porque no tenía otra cosa que hacer, ella era Estefanía. 


            Las dos tórtolas desaparecieron rápidamente y sin vergüenza en la habitación y yo me quedé afuera con la otra amiga. Nos pusimos a hablar de música y cine y nos dimos cuenta que teníamos los mismos gustos. Los ochenta y los noventa eran para ella la mejor época de la creación, lo mismo que para mí así que conectamos rápidamente. 

Pero aquello suponía ser simplemente una charla casual. No debía ir más allá pero las amantes de la habitación no salían de ahí. Se oía algún ruido de la cama pero pretendíamos no oírlo. Pasaron las horas y yo le ofrecí un trago, por educación. Cuando nos descuidamos ya nos habíamos acabado una botella entera de vodka Absolut con cola. Y pasó lo que tenía que pasar. Me empecé a fijar en su cuerpo, en sus pechos firmes, en sus labios carnosos… Cada vez nos íbamos tocando algo más con roces disimulados. Y como si se tratara de otro descuido y de repente nos encontramos desnudos en mi habitación. Aquello me parecía incorrecto pero apenas se despojó de las ropas. Estefanía cambió de ser una niña para convertirse en una depredadora. Hacía años que no vivía esto. 


            Me lanzó sobre la cama, introduciéndome dentro de ella pensárselo dos veces. Nada de mamadas, ni muchos besos. Ella quería follar.  Me montaba como a un caballo. Su culazo rebotaba contra mis piernas mientras subía y bajaba. Entraba todo con suavidad, húmedo de ambos. La recuerdo tomando mi cuello entre sus manos, apretándolo.

Abofeteándome. Escupiéndome. Inmovilizándome las manos. Literalmente, me folló ella a mi. Lo más significativo de todo fue cuando se dio cuenta de que estaba a punto de correrme. Aceleró la marcha de forma tal que mi corazón, con ya bastante uso, me quemaba dentro del pecho.

La chavala me estaba llevando al límite, sabía que me iba a correr pero no quería sacarme sólo unas gotas de lefa, sino un chorro, una fuente entera y eso hizo. 
Al terminar, fue como si le hubieran apagado el interruptor.

La acosté en la cama y lamí su coño aún impregnado de mi sabor. 
Al salir de la habitación, mi hija y su amante aún no se encontraban ahí. Pero yo había encontrado lo que tenía años buscando: la carne fresca. Cambie las mujeres maduras por la carne tierna, que tiene mejor gusto y mejor sabor.

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